Proyecto de rehabilitación de estanque para la implantación de un parque urbano en Gáldar, Gran Canaria

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Proyecto de parque urbano en Gáldar, Gran Canaria

José V. López-Pinto Marrero, Sara Sarmiento Castro, Manuel Perez Tamayo
y Samuel De Wilde Calero. Arquitectos

El agua como fuente de vida
Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua
(Jorge Luis Borges. Obra poética, El hacedor)

A principios del siglo XX, con la expansión de los nuevos cultivos y de los plátanos principalmente, se hicieron indispensables los estanques, que servían como almacén de agua agrícola, ya que se necesitaba traerla, acumularla y luego redirigirla. Las necesidades de la zona hacían impensable la no existencia de estas arquitecturas que configuraron el territorio hasta la imagen que tenemos de Gáldar hoy en día. Dentro de estas construcciones, en las faldas de la montaña de Gáldar, se construyó un gran estanque aprovechando las dimensiones de un espacio donde los ingleses afincados en la zona jugaban al fútbol.

En la montaña de Gáldar, existe un barrio humilde que busca su lugar a través del agua y de la virgen de Fátima. El barrio crece por la montaña hasta alcanzar las colas más altas dando la espalda al mar, mirando hacia el centro urbano y a la superficie agrícola que una vez dío trabajo y comida. Hoy en día sigue el mismo barrio, lejos del agua, lejos del centro, con estanques sin uso.

Proyecto de parque urbano en Gáldar, Gran Canaria

El estanque existe para dar vida a su entorno, tanto en la antigüedad como en la actualidad como nexo de unión entra la zona baja de al ciudad y la montaña, como fuente de vida y como motor social. Quiere ser parque, quiere ser lugar de estancia de remanso para el agua, pero de la gente, de la trama urbana y del paisaje de ladera de la montaña. Estanque como espacio para pararse y olvidarse, para disfrutar, para relajarse, donde se para el tiempo como se para el agua que se almacena.

Estanque como almacén de agua que se va entre los dedos, como el tiempo, que no se puede almacenar, pero se puede controlar haciendo que reduzca su velocidad, que se remanse y permita que se cultive la vecindad, las amistades, el ocio, las ideas o el trabajo. Para una vez parado, volverlo a liberar para que siga fluyendo cuesta abajo hasta el centro, hasta la urbe, hasta el tráfico con un río de coches que lo conecta de nuevo a la velocidad de la vida.