Isaac Cruces, entre la contemplación y la reflexión

Emoción viva desde la calma de lo cotidiano

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Pedro Saucedo

Con un dibujo minucioso y una espléndida armonía de color, Isaac Cruces plasma con precisión todo aquello que se antepone a su caballete. Ya sea la atmósfera de un paisaje, la mirada de una persona, el brillo de un objeto o la delicadeza de una planta. Su proceso creativo es un camino contemplativo y reflexivo. Es un intento por encontrar la esencia y el misterio que la realidad esconde. Esto implica que cada cuadro sea un ejercicio del estudio e investigación.

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Su técnica recuerda a la de los pintores naturalistas del siglo XIX pero el uso que hace del encuadre, el color y la luz se traduce en una obra personal de evidente modernidad. Esta mirada personal eleva lo cotidiano a la categoría de arte. Transforma paisajes y objetos que pueden resultar en apariencia vulgares en imágenes de gran valor estético. Este diálogo que establece con la realidad transforma la visión del espectador, descubriéndole el encanto y la belleza de su entorno más cercano.

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Su temática de paisaje urbano descubre rincones y detalles arquitectónicos que para la mayoría de los viandantes inmersos en sus prisas y cavilaciones pasan desapercibidos. Escenas de lugares a los que las ciudades dan la espalada, situados en los márgenes de carreteras secundarias y playas. Los juegos de luces y sombras entre las columnas y los arcos de los interiores del Palacio de la Alcazaba plasmados con tal sutileza que los envuelve en una atmósfera serena e íntima.