Espacio público y política: ‘el efecto papelera’

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Espacio público y política: ‘el efecto papelera’

ISSUU

por Javier Díez

En este artículo, publicado originalmente en la revista digital El Asombrario & Co., su autor vincula la condición de la vida, relaciones y actividades que se dan dentro de los espacios públicos de nuestras urbes, con la calidad y situación política de las sociedades donde dichos espacios se inscriben, introduciendo en el debate un concepto original y un tanto arriesgado por su componente significativo.

Quien siga mis artículos sobre el espacio público recordará que en ellos he venido tratando temas centrados en el espacio que definen nuestras ciudades, sus calles y plazas, sus parques y jardines, y analizado toda una serie de elementos y aspectos como son los bancos, los bolardos, la sombra, el color gris, los ‘armaritos’, los grafitis, etc., a los que se enfrenta —y en ocasiones, de los que disfruta— el ciudadano que lo habita.

Desde mi perspectiva como diseñador especializado en la creación de mobiliario urbano, en estos textos he venido tratando la relación, por decirlo de alguna manera, entre el usuario y el objeto diseñado, considerando a la ciudad y todo lo en ella contenido como la mayor y más compleja manifestación creativa del ser humano.

Espacio público y política: ‘el efecto papelera’

En esta ocasión, sin embargo, quiero centrar mi atención y análisis en las relaciones que se establecen entre los habitantes de dicho espacio urbano; volviendo al ámbito profesional del diseño, sería algo así como pasar de haber tratado la ergonomía para hacerlo en esta ocasión de la proxémica. A pesar del peso e importancia que el mundo digital y sus derivadas (ciberespacio, realidad virtual, metaverso, redes sociales, inteligencia artificial…) han alcanzado en las últimas décadas, sigo viendo el espacio analógico, y más concretamente en el que define la trama urbana, como aquel en el que las relaciones humanas pueden percibirse y analizarse con un mayor grado de verosimilitud y autenticidad.

Dos ejemplos.

EEspacio público y política: ‘el efecto papelera’n el primero, donde pudimos observar cómo el espacio público sigue siendo el espacio social por antonomasia, lo tuvimos durante el confinamiento al que nos vimos abocados a causa de la pandemia de la COVID-19.

Enclaustrados como nos encontrábamos en nuestras viviendas, y en algunos casos extremos en nuestras habitaciones, cuando quisimos expresar nuestra faceta social y comunitaria, aunque lo hiciésemos convocados a través de las redes sociales y cada uno desde nuestro espacio vital individual, lo hicimos traspasando los límites de nuestras ventanas y balcones en forma de críticas caceroladas o de solidarios aplausos que se fundían en un espacio aéreo que sobrepasaba la dimensión pedestre habitual de calles y plazas, hasta alcanzar las alturas del cielo abierto.

Otro claro ejemplo lo podemos seguir encontrando en la multitud de manifestaciones o concentraciones que inundan nuestras ciudades, ya sean para mostrar rechazo o apoyo a determinadas causas políticas o sociales, para reivindicar soluciones a problemas concretos o para mostrar solidaridad con causas humanitarias; siguen siendo esas riadas humanas, esas concentraciones haciendo piña, el mejor ejemplo de que el escenario social por definición sigue siendo la calle.